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Por Julián Berenguel Como toda obra póstuma, El mal amor, de José Sbarra (Ciudadela, 1950-1996), fue un libro muy esperado. Aunque el nombre de este autor haya transitado por fuera de la literatura canónica, su figura trascendió a fuerza de lectores y lectoras fieles y difusiones alternativas. Atrás de esta publicación hay una historia: estos poemas fueron dictados en el lecho de muerte, después de un fracaso amoroso. Cuando el autor murió, a mediados de los noventa, su hermana Pipi Sbarra quedó a cargo de sus manuscritos y mecanografiados. Sin embargo, ninguna editorial aceptó publicar estos textos. Recién veinte años después, un sello independiente y autogestionado (Dagas del Sur) contactó a la hermana de Sbarra para editarlos. Este libro es una obra recuperada: son los poemas inéditos de un autor marginal, relegado e ignorado por la cultura oficial. La poética de Sbarra se construye sobre una sensibilidad autorreferencial, cargada de humor, ternura e ironía. En estos poemas, el amor aparece como escenario y motivo de reflexión. Tal vez resulte pertinente mencionar una entrevista realizada al autor por el escritor y periodista Enrique Symns. En ese diálogo, Sbarra declara que “no existe el amor” y afirma que “el amor es cultural”. A través de toda su obra, se advierte una visión desencantada del amor. Hay que pensar que este poeta plantea el amor desde la perspectiva de un homosexual en los años noventa, cuando todavía no existían los derechos LGBT. Pero no hay que explicar estos versos según una mera circunstancia biográfica: su fuerza se muestra por medio de un lenguaje que cruza tanto lo coloquial como lo lírico. Las imágenes de Sbarra recurren a elementos frecuentemente transitados en la poesía, como “el corazón”. La novedad en el gesto del autor es correr el eje y desplazar su significado tradicional: “me proponen que haga especulaciones como si fuese/ el propietario, no de un corazón,/ sino de un negocio en quiebra”. Los poemas de El mal amor juegan constantemente con la hipérbole y la exageración: “no me dejaste/ pusiste en evidencia mi cósmica orfandad”. La grandilocuencia del abandono se refleja como una existencia falta de sentido. Frente a esta imposibilidad del amor, el poeta propone una salida a través de la literatura: “Sólo mis libros me pueden salvar./ Sólo mis libros me van a salvar en todos los sentidos./ No habrá amor ya”. El amor también es comparado con un crimen: “es imposible, en el amor, saber si uno ha sido víctima o verdugo”. Hay poemas breves en los que se revela la precisión del aforismo o del haiku: “Siempre olvidamos que/ lanzarnos al amor/ es empezar a construir un recuerdo/ que seguramente será terrible”. Otro rasgo de estos poemas es la personificación del espacio doméstico, la construcción de objetos cotidianos con sensibilidad propia. Por momentos, los poemas adoptan la actitud del diario íntimo y resaltan lo personal, como un testimonio descarnado del sufrimiento y la desesperación. Pero Sbarra también se abre a lo universal y dialoga con la tradición literaria: en uno de los poemas hace una cita indirecta de La tierra baldía, de T. S. Eliot (“Se reiría con la crueldad del mes de abril si se lo dijeran”). Amor y cuerpo aparecen como signos equivalentes, intercambiables, porque estos poemas son la respuesta a una doble ausencia: ausencia de amor y ausencia de salud. En Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes también explica la escritura desde este lugar: “Saber que no se escribe para el otro, saber que esas cosas que voy a escribir no me harán jamás amar por quien amo, saber que la escritura no compensa nada, no sublima nada, que es precisamente ahí donde no estás: tal es el comienzo de la escritura”. En este cruce entre el amor y el cuerpo, la presencia fantasmática de la muerte insiste y se imprime sobre los poemas: “a escasos metros de mi final, espero todavía / una ración de amor”. Los de este libro son también poemas corporales: son poemas escritos durante la enfermedad y, por ese motivo, en ellos el cuerpo aparece en primer plano. Pero este primer plano capta partes recortadas de esa totalidad, generando imágenes fracturadas a partir de un proceso metonímico: “Pobres pies estos pies,/ tuvieron peor suerte aún que mi corazón./ Lo cual no es decir poco”. Hay un cuerpo que sufre y reclama, para el cual la única solución posible es la obsesión: “¿quién quiere olvidar lo que ama?”. Hay que decir que El mal amor no es lo mejor ni lo más destacado de la obra sbarreana: constantes como “la luna”, “el corazón” y “el amor” pueden resultar clichés, repeticiones temáticas o imágenes obvias; pero la condición de obra póstuma le otorga a este libro un aura y una mística únicas, revelando lo que hasta ahora permaneció inédito para poder ser compartido. El “mal” amor, para el autor, es aquel que no puede realizarse o que está destinado al fracaso. En este sentido, este libro puede ser pensado como una apuesta por el deseo frente a la fragilidad del amor: “Con el tiempo, menos el deseo, todo se diluye”. El último testimonio de una voluntad humana, el grito ahogado de un poeta que se resiste al olvido.

EL MAL AMOR - SBARRA JOSE

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Por Julián Berenguel Como toda obra póstuma, El mal amor, de José Sbarra (Ciudadela, 1950-1996), fue un libro muy esperado. Aunque el nombre de este autor haya transitado por fuera de la literatura canónica, su figura trascendió a fuerza de lectores y lectoras fieles y difusiones alternativas. Atrás de esta publicación hay una historia: estos poemas fueron dictados en el lecho de muerte, después de un fracaso amoroso. Cuando el autor murió, a mediados de los noventa, su hermana Pipi Sbarra quedó a cargo de sus manuscritos y mecanografiados. Sin embargo, ninguna editorial aceptó publicar estos textos. Recién veinte años después, un sello independiente y autogestionado (Dagas del Sur) contactó a la hermana de Sbarra para editarlos. Este libro es una obra recuperada: son los poemas inéditos de un autor marginal, relegado e ignorado por la cultura oficial. La poética de Sbarra se construye sobre una sensibilidad autorreferencial, cargada de humor, ternura e ironía. En estos poemas, el amor aparece como escenario y motivo de reflexión. Tal vez resulte pertinente mencionar una entrevista realizada al autor por el escritor y periodista Enrique Symns. En ese diálogo, Sbarra declara que “no existe el amor” y afirma que “el amor es cultural”. A través de toda su obra, se advierte una visión desencantada del amor. Hay que pensar que este poeta plantea el amor desde la perspectiva de un homosexual en los años noventa, cuando todavía no existían los derechos LGBT. Pero no hay que explicar estos versos según una mera circunstancia biográfica: su fuerza se muestra por medio de un lenguaje que cruza tanto lo coloquial como lo lírico. Las imágenes de Sbarra recurren a elementos frecuentemente transitados en la poesía, como “el corazón”. La novedad en el gesto del autor es correr el eje y desplazar su significado tradicional: “me proponen que haga especulaciones como si fuese/ el propietario, no de un corazón,/ sino de un negocio en quiebra”. Los poemas de El mal amor juegan constantemente con la hipérbole y la exageración: “no me dejaste/ pusiste en evidencia mi cósmica orfandad”. La grandilocuencia del abandono se refleja como una existencia falta de sentido. Frente a esta imposibilidad del amor, el poeta propone una salida a través de la literatura: “Sólo mis libros me pueden salvar./ Sólo mis libros me van a salvar en todos los sentidos./ No habrá amor ya”. El amor también es comparado con un crimen: “es imposible, en el amor, saber si uno ha sido víctima o verdugo”. Hay poemas breves en los que se revela la precisión del aforismo o del haiku: “Siempre olvidamos que/ lanzarnos al amor/ es empezar a construir un recuerdo/ que seguramente será terrible”. Otro rasgo de estos poemas es la personificación del espacio doméstico, la construcción de objetos cotidianos con sensibilidad propia. Por momentos, los poemas adoptan la actitud del diario íntimo y resaltan lo personal, como un testimonio descarnado del sufrimiento y la desesperación. Pero Sbarra también se abre a lo universal y dialoga con la tradición literaria: en uno de los poemas hace una cita indirecta de La tierra baldía, de T. S. Eliot (“Se reiría con la crueldad del mes de abril si se lo dijeran”). Amor y cuerpo aparecen como signos equivalentes, intercambiables, porque estos poemas son la respuesta a una doble ausencia: ausencia de amor y ausencia de salud. En Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes también explica la escritura desde este lugar: “Saber que no se escribe para el otro, saber que esas cosas que voy a escribir no me harán jamás amar por quien amo, saber que la escritura no compensa nada, no sublima nada, que es precisamente ahí donde no estás: tal es el comienzo de la escritura”. En este cruce entre el amor y el cuerpo, la presencia fantasmática de la muerte insiste y se imprime sobre los poemas: “a escasos metros de mi final, espero todavía / una ración de amor”. Los de este libro son también poemas corporales: son poemas escritos durante la enfermedad y, por ese motivo, en ellos el cuerpo aparece en primer plano. Pero este primer plano capta partes recortadas de esa totalidad, generando imágenes fracturadas a partir de un proceso metonímico: “Pobres pies estos pies,/ tuvieron peor suerte aún que mi corazón./ Lo cual no es decir poco”. Hay un cuerpo que sufre y reclama, para el cual la única solución posible es la obsesión: “¿quién quiere olvidar lo que ama?”. Hay que decir que El mal amor no es lo mejor ni lo más destacado de la obra sbarreana: constantes como “la luna”, “el corazón” y “el amor” pueden resultar clichés, repeticiones temáticas o imágenes obvias; pero la condición de obra póstuma le otorga a este libro un aura y una mística únicas, revelando lo que hasta ahora permaneció inédito para poder ser compartido. El “mal” amor, para el autor, es aquel que no puede realizarse o que está destinado al fracaso. En este sentido, este libro puede ser pensado como una apuesta por el deseo frente a la fragilidad del amor: “Con el tiempo, menos el deseo, todo se diluye”. El último testimonio de una voluntad humana, el grito ahogado de un poeta que se resiste al olvido.