SEMINARIO 02  EL YO EN TEORÍA DE FREUD  EL. LACAN JACQUES

Encontré para usted una curiosa ordenanza de 1277. En esos tiempos de tinieblas y fe, se estaba obligado a reprimir a la gente que en los bancos de la escuela, en la Sorbona y otros sitios, blasfemaban abiertamente durante la misa contra el nombre de Jesús y de María. Ustedes ya no hacen estas cosas. Por mi parte, conocí personas encarnizadamente surrealistas que se habrían hecho meter presas antes que publicar un poema blasfematorio contra la Virgen, pues creían que podía sucederles algo. Los más severos castigos se dictaban contra los que jugaban a los dados sobre el altar durante el santo sacrificio. Estas cosas me parecen sugerir la existencia de una dimensión de eficacia que en nuestra época falta ostensiblemente. No es casual que les hable de los dados y los haga jugar al juego de par o impar. Es con el simbolismo de este dado que rueda que surge el deseo. No digo deseo humano porque, al fin y al cabo, el hombre que juega con el dado es cautivo del deseo puesto así en juego. No conoce el origen de su deseo, que rueda con el símbolo escrito sobre las seis caras. (Capítulos XVII y XVIII)

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$729,00
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Encontré para usted una curiosa ordenanza de 1277. En esos tiempos de tinieblas y fe, se estaba obligado a reprimir a la gente que en los bancos de la escuela, en la Sorbona y otros sitios, blasfemaban abiertamente durante la misa contra el nombre de Jesús y de María. Ustedes ya no hacen estas cosas. Por mi parte, conocí personas encarnizadamente surrealistas que se habrían hecho meter presas antes que publicar un poema blasfematorio contra la Virgen, pues creían que podía sucederles algo. Los más severos castigos se dictaban contra los que jugaban a los dados sobre el altar durante el santo sacrificio. Estas cosas me parecen sugerir la existencia de una dimensión de eficacia que en nuestra época falta ostensiblemente. No es casual que les hable de los dados y los haga jugar al juego de par o impar. Es con el simbolismo de este dado que rueda que surge el deseo. No digo deseo humano porque, al fin y al cabo, el hombre que juega con el dado es cautivo del deseo puesto así en juego. No conoce el origen de su deseo, que rueda con el símbolo escrito sobre las seis caras. (Capítulos XVII y XVIII)