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El Pueblo como conjunto de los ciudadanos en su condición de cuerpo político unitario -uno e indiviso- depositario de la soberanía, siempre arrastra una escisión interna. Por una parte, la lucha intestina que divide al Pueblo y a los pueblos; por la otra, la imagen de un Pueblo unificado, proyectado y movilizado como soberano, cuyo reverso son los pueblos engendrados por los actos de creación de los individuos resistentes. No hay cómo reclamar que el Pueblo -como titular de la soberanía- sintetice a los pueblos -como multiplicidad fragmentaria- de cuerpos resistentes o menesterosos siempre excluidos. Los pueblos son la reserva virtual frente a la actualidad del Pueblo. Reserva, como ha señalado el filósofo italiano Giorgio Agamben, que se presenta bajo la forma de “la corte de los milagros” o “el campo de los vencidos”, es decir: la bandita. Tal vez, pueda pretenderse movilizar al Pueblo soberano, pero los pueblos resistentes o menesterosos, siempre insisten o irrumpen como creación de modos de vida y nunca como representaciones esperables. La existencia política del Pueblo soberano no cesa de excluir e incluir a los pueblos, modo paradojal de todo poder político y de toda representación unitaria. De allí, que la voz del filósofo francés Gilles Deleuze resulte precisa cuando dice: “el pueblo falta y, a la vez, no falta. Que falta el pueblo quiere decir que esta afinidad fundamental entre la obra de arte y un pueblo que aún no existe nunca será algo claro. No hay obra de arte que no apele a un pueblo que aún no existe”. Proponemos extremar la tensión entre un Pueblo que responde a la pretensión orgánica y los pueblos resultantes del desgarro de tal unidad en el mundo.

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El Pueblo como conjunto de los ciudadanos en su condición de cuerpo político unitario -uno e indiviso- depositario de la soberanía, siempre arrastra una escisión interna. Por una parte, la lucha intestina que divide al Pueblo y a los pueblos; por la otra, la imagen de un Pueblo unificado, proyectado y movilizado como soberano, cuyo reverso son los pueblos engendrados por los actos de creación de los individuos resistentes. No hay cómo reclamar que el Pueblo -como titular de la soberanía- sintetice a los pueblos -como multiplicidad fragmentaria- de cuerpos resistentes o menesterosos siempre excluidos. Los pueblos son la reserva virtual frente a la actualidad del Pueblo. Reserva, como ha señalado el filósofo italiano Giorgio Agamben, que se presenta bajo la forma de “la corte de los milagros” o “el campo de los vencidos”, es decir: la bandita. Tal vez, pueda pretenderse movilizar al Pueblo soberano, pero los pueblos resistentes o menesterosos, siempre insisten o irrumpen como creación de modos de vida y nunca como representaciones esperables. La existencia política del Pueblo soberano no cesa de excluir e incluir a los pueblos, modo paradojal de todo poder político y de toda representación unitaria. De allí, que la voz del filósofo francés Gilles Deleuze resulte precisa cuando dice: “el pueblo falta y, a la vez, no falta. Que falta el pueblo quiere decir que esta afinidad fundamental entre la obra de arte y un pueblo que aún no existe nunca será algo claro. No hay obra de arte que no apele a un pueblo que aún no existe”. Proponemos extremar la tensión entre un Pueblo que responde a la pretensión orgánica y los pueblos resultantes del desgarro de tal unidad en el mundo.